La bendición de llegar tarde

La bendición de llegar tarde
Para Ramiro Raposo, asomarse al pozo de los sentimientos suponía, en el mejor de los casos, sentir un vacío en la cabeza y cierto mareo que suplía con buen humor, para que no se le notasen las ganas de salir corriendo.
Eso en el mejor de los casos; para el peor de los casos, Ramiro Raposo, o Ramirín, como lo conocían en casa, se llevaba una hora sentado en el excusado, soltando lo peor de sí mismo, entretenido con vídeos de TikTok de amigos y desconocidos.
Se vaciaba por dentro aquella tarde de julio, porque Ramirín estaba algo más nervioso de lo habitual. Se esforzaba por quedar limpio de impurezas, de todas las maneras posibles. Ya había visitado la jaula de los olores cuatro veces.
Debería estar vacío, pero no lo estaba, y justo antes de salir, con su camisa, sus pantalones, sus zapatos, arreglado y peinado, pero informal, le llegó el siguiente apretón.
Miró el reloj y se dijo lo que se decía siempre:
—Voy a llegar tarde.
Lejos de maldecir su escatológica condición, decidió desvestirse por completo y hacer lo que quería hacer, no solo por querencia, sino también por necesidad de querencia.
Ramirín Raposo, recio, referente de la raza y recompuesto tras su rápido repaso por los restos de su repugnante entraña, decidió ducharse por tercera vez en aquella calurosa tarde, maldiciendo la rebanada de tostada entera de zurrapa con café solo que había tomado por la mañana y a la que culpaba de los retorcimientos y las mariposas, en modo juerga flamenca, de su barriga.
Volvió a vestirse. Empezó por la camisa y ya no le gustó el outfit. Cambió la camisa; los gayumbos, sin rastros, serían los mismos. El pantalón le pareció demasiado formal para una primera cita y decidió cambiarlo también. Los zapatos le parecieron los adecuados, por lo que no hizo más esfuerzos.
De nuevo, perfumado y hecho un figurín, miró su móvil y la foto de su cita de Tinder.
—¿Merecería la pena tanto esfuerzo? —pensó Ramirín.
Mientras bajaba en ascensor, se fijó en el perfil de ella y en las piernas largas y esbeltas de la muchacha. Marlenne Denisse exhibía una sonrisa propia de un anuncio de Profident mientras invitaba al mundo a conocerla más.
Era un hombre con suerte. En su cabeza sonaba Lady Is a Tramp, cantada por Frank Sinatra. Marlenne Denisse, sus piernas, su dentadura, su invitación a conocerla mejor, su amor por los animales, fumar a veces, hacer ejercicio a veces, beber por sociabilizar y querer hijos y una familia como las de antes hicieron que Ramirín se sintiera mejor.
Relajó su barriga y un resto del gas acumulado en su interior silbó, siseante, abriéndose paso por sus cuartos traseros. El sutil efluvio pronto llenó el angosto lugar que, en lugar de detenerse en el bajo, se detuvo en el segundo para que entraran doña Matilde Serena, don Sebastián Leguina, el pequeño vástago de los Leguina-Serena, del que Ramirín no conocía el nombre, y su pastor alemán de treinta kilos de peso, del que Ramirín estaba harto de escuchar quejas por ladrar a deshoras, cagar en los rincones de la casa de los Leguina-Serena y en las zonas comunes del número 6 de la calle Camilo José Cela, y cuyo nombre era Brutus.
Le sonreía la fortuna a Ramirín, pues la conversación, en el largo e interminable trayecto de cincuenta segundos entre el segundo y la planta baja, versó sobre el tiempo, algo fresco para esa época del año, mientras los presentes se acusaban mutuamente con la mirada del olor nauseabundo.
Siempre es bueno que haya niños, y para los niños siempre es bueno que haya perros.
Ramirín, tras salir del estrecho ascensor, sudaba por los nervios, la situación y algo que habría comido, que seguramente le había sentado mal.
Se miró en el espejo de la entrada del edificio y constató, sin género de dudas, la aureola de sudor y el fuerte olor que desprendía, sí era él y sus sobacos.
Volvió al ascensor, rebañó pituitariamente los sutiles restos de su venganza contra la familia Leguina-Serena y su perrito, y corrió hacia la ducha para desprenderse de todo mal que lo envolvía.
«Voy a llegar tarde», tecleó en el móvil, enviando un WhatsApp a Marlenne Denisse mientras decidía qué ponerse, optando por el primer outfit y otros gayumbos, dado que la última relajación de su barriguita había dejado una especie de frenazo de bicicleta incompatible con una primera cita en la que había posibilidades.
«Te hespero mi rei», contestó ella.
Toda una declaración de intenciones y comprensibilidad más allá de toda duda.
El mensaje, lejos de tranquilizarlo, le obligó a leer una y otra vez y a elucubrar si debería acudir a la cita o pensárselo mejor. Bien podría tener problemas de visión y pulsar mal las teclas, o los dedos regordetes y pulsar mal las teclas.
Sopesó de nuevo sus posibilidades, comprobó las fotos de Tinder y la sonrisa de dientes blancos y perfectos de Marlenne Denisse y decidió que, si bien «París bien vale una misa», él no era académico de la lengua. Las piernas, el pecho turgente y todo lo que se adivinaba detrás de aquella sonrisa obviaban cualquier falta de ortografía, aunque en la bio de su perfil pusiera que era profesora de literatura.
Bajó de nuevo, esta vez por las escaleras, que movieron sus tripas y le obligaron a sacar los gases cada tres o cuatro escalones, eso sí, repartiendo su anónima y siniestra simiente por las zonas comunes.
—Si Brutus puede, yo también —pensó.
Lo que había empezado por un café y una tostada de zurrapa siguió por una ensalada de garbanzos y brócoli encurtido, regada con una litrona de Cruzcampo y culminada con un flan de huevo de marca blanca de Mercadona.
La dieta no debería haber sido un problema aquel día, ya que había «comido de lo verde». Pensó que lo verde solo les sentaba bien a las vacas, que para eso tenían cuatro estómagos.
También pensó que los pedos del ganado vacuno eran los culpables de aquello de la capa de Orozco, ¿o era Orondo?, no, ozono, sí, eso que ya no se acordaba.
¿Ozono era con hache? —dudó —. Sí, definitivamente era «hozono».
Y volvió a mirar la perfecta sonrisa de Marlenne Denisse para llegar a la conclusión de que, también definitivamente, eran tal para cual y que a la Real Academia de la Lengua y a todos sus académicos les fueran dando por donde se descome.
Cuando por fin pudo llegar al coche eran las 18.00 horas. Hacía calor, pero realmente daba igual la hora, ya que en Sevilla cualquier hora para quedar en julio no deja de ser una eutanasia encubierta y el aire acondicionado de su coche no era tan rápido como él esperaba.
Sonaba en la radio Smile, en la versión de Nat King Cole, y Ramirín comenzó a saltarse, hipnotizado por el ritmo cadencioso de aquel clásico de los cincuenta, los semáforos de la Avenida de la Palmera.
Mientras conducía, el interior del habitáculo presentaba una barrera contra el infierno del exterior, pero la presión de la barriga y la tensión del momento fueron acompañadas de una música de trompetas y truenos controlados para que no saliera el maná y manchase los últimos calzoncillos limpios que le quedaban al pobre Ramirín.
El infierno, también estaba dentro.
Apenas quedaban un par de semáforos en la interminable avenida cuando una patrulla de la Policía Local paró el Opel Kadett de Ramirín, dado que se puede ser el «rei», pero respetar los semáforos es esencial, y las prisas no son buenas aunque te estés cagando.
La agente saludó al conductor. Ramirín bajó la ventanilla, dispuesto a dejarse llevar por las interpelaciones de la autoridad, que comenzaron como comienzan todas las malas noticias cuando te para la autoridad en carretera:
—Buenas tardes, caballero —pausa, tensión del momento—. ¿Podría…?
Sí, la agente de la Policía Local de Sevilla, Eva María Salazar, había dicho «podría» y, efectivamente, dentro del habitáculo del Opel Kadett de Ramirín olía a «podrío».
Una cosa llevó a la otra: «Aquí huele a muerto» —pensó Eva María Salazar— mientras su compañera, María Asunción Jimeno, abandonaba el coche patrulla con bolígrafo y libreta en mano y un mohín de asco desde lejos.
Eva María le dijo a Ramirín que pusiera todos los objetos de los bolsillos en el capó del coche y, al tiempo, le preguntaba si tenía alguna cosa en el coche que le pudiera comprometerlo; que, si colaboraba, era mejor para él.
Obviamente, salvo toallitas húmedas y spray bucal, por aquello de la alitosis, poco más tenía que declarar el pobre Ramirín, al que, llegados a esas alturas del día, le importaban poco o nada los dientes de Marlenne Denisse y su turbulenta bio.
—Asunción —dijo Eva, que no podía acercarse al coche por el hedor nauseabundo que desprendía—. ¿Por qué no te vas llamando a la unidad canina?
Mientras esperaba de pie a pleno sol, se venían las 20.00 horas sobre la capital andaluza, que bien podría parecer una sartén. La incipiente barriguita cervecera del bueno de Ramirín volvió a hacer de las suyas y la madre de todos los retortijones se vino sobre él.
Ramirín pensó en la suerte que tienen las que, «en esos días», tienen una Ausonia que les retiene el «blup». Su pequeño «blup», que en vez de azul, como en los anuncios, era marrón, acuoso e imposible de disimular, hizo acto de presencia en el peor momento de su vida.
Los perros no encontraron nada, como era de esperar, aunque les costó a los agentes de la unidad canina meterlos en aquel Opel Kadett que olía a ciénaga y estercolero.
Ramirín entró en el vehículo tras leer la nota que le tendió la agente Eva María Salazar, con una infracción grave de 200 euros y 4 puntos. Al sentarse y ponerse el cinturón, Ramirín sintió algo líquido que hacía las veces de cojín.
Resultado: Ramirín se había cagado.
«No voy a llegar, me ha surgido un imprevisto», escribió en WhatsApp, a lo que la profesora de literatura, Marlenne Denisse contestó: «No himporta bebé ai mas dias que hollas».
La mañana siguiente la pasó Ramiro Raposo con una tila y dieta blanda, buscando en Tinder el perfil de la profesora de literatura Marlenne Denisse, infructuosamente. Tampoco contestaba al teléfono y tampoco aparecía en WhatsApp.
Triste y desangelado, maldiciendo la traición de sus tripas el día anterior, y sentado en el trono del mundo de nuevo, siguió leyendo, en el periódico Noticias de Alcalá saltaba la publicación de que habían desarticulado una banda de atracadores que quedaban con sus víctimas a través de aplicaciones de citas. Uno de los perfiles utilizados era perfectamente reconocible: Marlenne Denisse.
En la Alexa de su salón sonaba una ranchera de Vicente Fernández en la que bramaba Sigo Siendo el Rey.
Y Ramiro, Ramirín para la familia, pagó aquella multa de mil amores, prometiéndose que la próxima cita de Tinder la haría en los baños de El Corte Inglés y que no contestaría a nadie que le dijera: «Te hespero rei»



