PERDIENDO EL SUR
Hace unos años, el fundador del Partido Andalucista, Rojas Marcos, convocaba un Congreso Extraordinario y decidía disolver el partido.

PERDIENDO EL SUR
Hace unos años, el fundador del Partido Andalucista, Rojas Marcos, convocaba un Congreso Extraordinario y decidía disolver el partido. Cincuenta años de lucha por la dignidad del pueblo andaluz se desvanecían de la noche a la mañana.
Ya no se veía rentabilidad electoral. Al Partido Andalucista se le achacaban innumerables errores electorales desde los primeros días de la Transición. Mientras tanto, otros partidos se habían subido al carro del andalucismo y habían terminado ocupando ese espacio político.
Primero fue el PSOE, que tuvo la habilidad de envolver las siglas de su partido con la «A» de Andalucía y que, de alguna manera, terminó arrebatándole buena parte de su electorado al PA. Después aparecieron otros partidos de ámbito nacional haciendo algo parecido, desde la izquierda del Partido Comunista hasta la derecha del Partido Popular.
Con el relevo de los distintos partidos al frente de la Junta de Andalucía y la utilización constante de la «A» como símbolo de identidad andaluza, vuelve a suceder algo parecido a lo ocurrido en los tiempos de Escuredo, Rodríguez de la Borbolla y otros presidentes de la Junta. Ahora, Moreno Bonilla se arropa en la bandera de todos los andaluces y se suma también al carro del andalucismo.
Por otro lado, de aquel fallecimiento pactado del PA comenzaron a surgir pequeños partidos andalucistas, cada uno con su propia procedencia, sus intereses y sus circunstancias. Partidos minoritarios que, en ocasiones, dividen fuerzas y que, en otras, se unen a organizaciones con mayor rédito electoral, convirtiendo a estas últimas en «andalucistas» por el mero hecho de contar con algunos militantes andalucistas entre sus filas.
Otros han optado por cambiar las antiguas siglas por nombres más modernos, imitando modelos como el de Podemos, cuyo marketing electoral buscaba acercarse de una manera más directa y accesible a los nuevos electores.
Y es en este contexto cuando aparece Andalucía por Sí. Un partido adaptado a los nuevos tiempos en cuanto a organización, marketing electoral, imagen y denominación, buscando conectar con la nueva sociedad andaluza.
Hasta aquí, todo puede parecer normal en los tiempos que vivimos. A dicho partido se suman antiguos huérfanos del andalucismo procedentes de poblaciones muy diversas, personas que no se han
integrado en partidos mayoritarios y que buscan recuperar un espacio político propio. De esta manera,
según algunos medios de comunicación, se configura un partido sucesor del PA, con posibilidades de
desempeñar un papel relevante en la sociedad andaluza.
Pero la sociedad cambia y, con ella, también cambian las formas de gobernar y de actuar de los partidos políticos.
Estamos viviendo unos momentos en los que la polarización se ha convertido en dueña de la política. O eres de un bando o eres del otro. O estás conmigo o estás contra mí. Se ha perdido, en buena medida, el sentido de Estado, la capacidad de aunar fuerzas y buscar acuerdos en beneficio del bien común.
O eres de Pepito o eres de Juanito
Pero un partido andalucista no puede limitarse a elegir entre Pepito y Juanito. Un partido andalucista debe tener ideas propias.
Debe tener una visión propia de Andalucía, de su presente y, sobre todo, de su futuro. No puede conformarse con ser la muleta de unos o de otros, ni con incorporar el andalucismo como una simple etiqueta electoral. El andalucismo debe ser algo más que una bandera, una «A» en unas siglas o la presencia de algunos militantes en una candidatura.
Y aquí es donde, a mi juicio, aparece uno de los principales problemas del andalucismo actual.
En las últimas elecciones andaluzas, AxSí, que no consiguió ningún representante en la Cámara andaluza, siguió una estrategia que, en muchos aspectos, la situaba demasiado cerca del discurso del bloque de izquierdas. Su candidato a la Presidencia de la Junta de Andalucía no solo utilizaba argumentos similares a los del PSOE, Adelante Andalucía o Por Andalucía, sino que, en determinados momentos, ofrecía una imagen prácticamente calcada a la de otros candidatos: en la forma de vestir, en el marketing, en las líneas generales de la campaña y en el propio planteamiento electoral.
Y esto no solo genera dificultades a la hora de discernir cuál es realmente la opción que se quiere votar.
También provoca que, cuando existen varias propuestas que se parecen demasiado entre sí, el elector termine eligiendo al candidato que considera original frente a quien percibe como una copia. El problema se reproduce también en el ámbito municipal. En Alcalá de Guadaíra, AxSí mantiene un pacto de gobierno con el PSOE. Una cosa es alcanzar un acuerdo basado en cien medidas para Alcalá y otra, muy distinta, es asumir o seguir las directrices del otro partido, incluso cuando estas proceden de ámbitos ajenos a la realidad municipal o responden a decisiones adoptadas desde Madrid.
El reciente ejemplo de la concentración en apoyo a Ceuta resulta significativo. Más allá de las legítimas posiciones que cada cual pueda mantener sobre esta cuestión, lo que vuelve a ponerse de manifiesto es la división de la política en dos bloques, la pérdida del sentido de Estado y la dificultad de manteneru na posición verdaderamente propia cuando se forma parte de la estructura política de un partido de ámbito nacional.
Y ahí es donde el andalucismo debería marcar la diferencia.
Las políticas erróneas, errantes y carentes de un rumbo definido, cuando no existe una base ideológica y política propia que permita determinar qué se defiende y por qué se defiende, unidas a una dirección excesivamente personalista y autocrática, terminan haciendo poco atractiva esta nueva versión del andalucismo.
Un andalucismo que, en lugar de convertirse en una alternativa diferenciada, corre el riesgo de convertirse en una réplica más dentro de los bloques existentes. Y cuando eso sucede, el elector puede preguntarse: ¿para qué votar una opción que acaba defendiendo posiciones similares a las de otros partidos que ya existen?
El resultado es que el espacio electoral que debería ocupar el andalucismo termina siendo aprovechado por otras formaciones que, al menos en el imaginario de una parte del electorado, son percibidas como más auténticas, como puede estar sucediendo con Adelante Andalucía
Pero el problema no es únicamente de estrategia electoral. Es mucho más profundo.
El andalucismo no puede vivir de las siglas del pasado, de la nostalgia del Partido Andalucista ni de la incorporación de algunos elementos identitarios a campañas electorales. Tampoco puede sobrevivir dependiendo de acuerdos con unos u otros partidos en función de las circunstancias.
Necesita un proyecto propio.
Un proyecto capaz de responder a las necesidades reales de Andalucía. Que hable de empleo, de financiación, de infraestructuras, de agricultura, de industria, de agua, de educación, de sanidad, de vivienda, de despoblación, de cultura y de identidad. Pero que lo haga desde una perspectiva andaluza y pensando primero en los intereses de Andalucía.
Porque ser andalucista no puede significar ser de izquierdas o de derechas. Ni de Pepito ni de Juanito. El andalucismo debe ser capaz de construir su propio camino.
Y para ello también tendrá que superar uno de los grandes males que históricamente han debilitado a este espacio político: los personalismos, los egos y las divisiones internas.
Si el andalucismo quiere sobrevivir, sus dirigentes tendrán que dejar a un lado sus egos y ser capaces de construir una organización que aglutine al electorado andaluz. No se trata de que uno gane y otro pierda. Se trata de que Andalucía gane.
Hace falta un proyecto común, una dirección compartida y, sobre todo, una estrategia política que sitúe los intereses de Andalucía por encima de los intereses particulares de cada organización, de cada dirigente o de cada grupo.
El andalucismo debe recuperar su razón de ser: defender los intereses de Andalucía desde Andalucía, con voz propia, criterio propio y propuestas propias.
No necesitamos un andalucismo que mire constantemente a Madrid para saber qué posición adoptar. Necesitamos un andalucismo que mire a Andalucía y pregunte a los andaluces qué necesitan. No necesitamos ser una copia de la izquierda, ni de la derecha, ni de ningún partido nacional.
Necesitamos ser nosotros mismos.
Porque si dejamos que otros partidos decidan qué significa ser andalucista, quizá algún día descubramos que hemos perdido el sur sin darnos cuenta.
Y perder el sur no es solo perder una posición electoral. Es perder nuestra propia voz.
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