Opinión

La “muerte en el tajo” se ceba con Alcalá.

Tres personas han fallecido en solo 13 meses en nuestra ciudad.

 

La “muerte en el tajo” se ceba con Alcalá.

 

Tres personas han fallecido en solo 13 meses en nuestra ciudad.

Salieron a ganarse la vida y encontraron la muerte. No hay paradoja más perversa ni injusticia más silenciosa que la de alguien que acude al trabajo para sostener un hogar y termina convertido en el sostén que falta. En apenas trece meses, Alcalá de Guadaíra ha sufrido tres muertes en “el tajo”. Tres hombres que besaron a sus familias por la mañana con la cotidianidad de quien cree que la rutina es una garantía, sin saber que abrazaban un adiós definitivo.
El pasado 16 de julio de 2025, el colapso en la Casa Ibarra aplastó de golpe dos vidas y sepultó el futuro de dos familias. Ayer, el asfalto del Polígono Hacienda Dolores vuelve a teñirse de luto tras la caída de un operario desde una cubierta. La crónica sucesoria despacha estas tragedias con frialdad técnica: caídas a distinto nivel, fallos estructurales, protocolos por revisar. Pero el dolor no entiende de jerga técnica. El dolor se traduce en una llave que ya no gira en la cerradura para volver a ver a los suyos en su casa, en el plato servido que se enfría en la mesa, en la mirada extraviada de unos hijos que no comprenden por qué el pan de cada día se ha pagado con la existencia de sus padres.
Aceptar la muerte en el tajo como un peaje inevitable del desarrollo es una forma cobarde de complicidad. La siniestralidad laboral rara vez es mala suerte o capricho del destino; casi siempre es el síntoma de una cadena de prisas, costes recortados y seguridades aplazadas. Cuando se prioriza el plazo sobre la vida, el margen de beneficio sobre el arnés o la norma sobre la persona, el riesgo deja de ser una probabilidad matemática para convertirse en una ruleta rusa donde siempre pierden los mismos.
Alcalá no puede ser solo un mapa de polígonos industriales y cifras de producción; debe ser, ante todo, un refugio donde trabajar no sea una actividad de alto riesgo. El progreso de una ciudad no se mide por la altura de sus naves ni por el volumen de su industria, sino por el valor innegociable que le otorga a la piel de quien la construye.
Honrar a los tres trabajadores que nos han arrebatado estos últimos trece meses exige trascender el luto de protocolo y el minuto de silencio estéril. Exige una rabia lúcida que transforme la indignación en exigencia inflexible. Porque la vida de un trabajador no es el coste residual de ninguna obra, y ningún sueldo del mundo vale el precio insoportable de un hogar roto para siempre.

Tres personas han fallecido en solo 13 meses en nuestra ciudad.
Tres personas han fallecido en solo 13 meses en nuestra ciudad.

 

 

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