Los zapatos que ya no nos sirven
Los niños de Alcalá volverán a ponerse unos zapatos que, en algunos casos, serán nuevos

Los zapatos que ya no nos sirven
Los niños de Alcalá volverán a ponerse unos zapatos que, en algunos casos, serán nuevos. Los del curso pasado ya no sirven, los pies han crecido y aprietan.
Quizá sea eso exactamente lo que esperamos que ocurra también con ellos. Que al terminar este curso no puedan volver a caminar con las mismas pisadas con las que lo comenzaron.
Volveremos a preparar mochilas, estuches, a llenar botellas y a comprobar que el despertador esté puesto.
Seguramente al sonar escucharemos otra vez:
—Tengo sueño, déjame un rato más.
Ese momento incluso nos llegue a irritar. Aunque hay mañanas que solo sabemos lo felices que fueron cuando ya han pasado muchos años.
La vuelta al colegio tiene algo extraño.
Todos pensamos en los niños, aunque en realidad vuelve mucha más gente. Vuelven os padres con sus preocupaciones. Vuelven los profesores con sus propias expectativas, con aulas que todavía están en silencio y nombres que pronto tendrán rostro.
Vuelve quien empieza en un centro nuevo. Quien tiene ganas de reencontrarse con sus amigos. Y también ese niño que no sabe explicar muy bien por qué esa noche le cuesta dormir.
Cada uno entrará en el colegio llevando cosas que nadie ha apuntado en la lista de material. Unos llevarán timidez, otros llevarán ganas de hablar, otros miedo, otros con ganas de que alguien se siente junto a él en el recreo, alguno quizá lleve una pregunta guardada, una respuesta que sabe o una curiosidad que no se atreve a compartir por miedo a escuchar. ¿Te crees que lo sabes todo?
Y quizá deberíamos recordar que esas también son cosas con las que se trabaja en una escuela, aunque no aparezcan en ningún libro de texto.
A veces parece que sabemos medir muy bien cuánto han aprendido. Notas, tareas… Pero no siempre sabemos medir cómo se han sentido mientras aprendían.
Hay cosas que caben perfectamente en un boletín de notas y otras, quizá igual de importantes, que no tienen casilla. Si un niño ha aprendido a levantar la mano sin miedo, si ha encontrado a alguien con quien sentarse, si ha dejado de pensar que equivocarse es hacer el ridículo. También eso es aprender. Encajar nunca debería significar apagarse.
Y también los adultos deberíamos matricularnos un poco cada septiembre. Porque ellos escuchan lo que decimos, pero sobre todo miran lo que hacemos.
Este curso también debería servir para llenar algunas papeleras. No de papel precisamente sino de otras cosas.
Como son las risas cuando alguien se equivoca, de las bromas sobre un cuerpo, de apartar a quien es diferente, de hacer sentir pequeño a otro para intentar parecer nosotros más grandes.
Ojalá que los niños vuelvan a casa cargados de cosas que no pesan. Un amigo nuevo, una pregunta, una curiosidad, la alegría de haber entendido algo que ayer parecía imposible, la sensación de que alguien los escuchó.
Hace unos meses la televisión en la serie Barrio Esperanza nos puso delante de nosotros un colegio de ficción, sí, pero con emociones muy reales. Quizá ahí este su fuerza en recordarnos que escuchar, acompañar y hacer sitio al otro también forma parte de educar.
Ojalá que los niños puedan encontrar una parte de ese colegio cada mañana al cruzar la puerta del suyo. No porque la escuela tenga que resolverlo todo, ni porque los profesores puedan hacerlo todo, ni tampoco las familias.
Educar nunca ha sido tarea de una sola puerta.
Quizá ahí esté una de las cosas que todavía tenemos que aprender como sociedad, a dejar de preguntarnos de quién es la culpa y empezar a preguntarnos qué parte nos toca.
A veces ponemos mucha energía en materiales, marcar fechas, organizar horarios y evaluar conocimientos. Pongámosla también en aquellas cosas que no caben en un examen, escuchar, mirar, para descubrir que detrás de una mala nota puede haber algo más que una falta de estudio, que detrás de un silencio puede haber muchas palabras que un niño todavía no sabe decir.
Para Alcalá es un día importante.
En esos pupitres están quienes algún día harán que siga nuestros barrios oliendo a pan recién hecho, quienes cuidarán de nosotros en un hospital. quienes enseñarán a la siguiente generación. quienes abrirán cada mañana un comercio, quienes cuidarán nuestras calles, nuestro patrimonio o nuestros mayores.
Tal vez alguno llegue incluso a tomar decisiones por nuestro pueblo y pueda cambiar aquello que nosotros no supimos cambiar.
Por eso la educación importa tanto. No porque todos tengan que llegar muy lejos. Sino porque todos deberían tener la oportunidad de descubrir hacia dónde quieren caminar.
Mañana estrenarán zapatos, dentro de unos meses volverán a quedarles pequeños.
Ojalá ocurra lo mismo con algunas cosas. Que les quede pequeña la burla, que les quede pequeña la indiferencia, que les quede pequeño el miedo a preguntar, que les quede pequeña la idea de que para ser grandes hay que hacer pequeño a otro.
Cuando llegue junio y vaciemos por última vez aquellas mochilas, quizá encontremos papeles arrugados, lápices gastados y algún objeto que llevábamos meses buscando.
Ojalá encontremos también una persona un poco distinta de la que entró en septiembre.
Porque quizá para eso estrenamos zapatos cada curso.
Para que las huellas nunca vuelvan a ser las mismas.
Ismael Portillo Caraballo
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