Opinión

El día que faltaron las palomas

Este año, por primera vez, supimos que llegaría el 15 de agosto y nosotras no estaríamos allí.

 

El día que faltaron las palomas

 

Este año, por primera vez, supimos que llegaría el 15 de agosto y nosotras no
estaríamos allí.
El calor pegado a las paredes del Santuario, en las campanas y en ese murmullo que
empieza a recorrer Alcalá cuando se acerca el día de Ella. Todo nos indicaba que había
llegado agosto.
Durante años ocupamos un pequeño lugar a los pies de la Virgen del Águila.
Blancas, casi escondidas entre flores, vimos pasar generaciones enteras ante nosotras.
Vimos lágrimas discretas. Madres levantando a sus hijos. Y niños que nos
señalaban:
—Mira, las palomas.
Quizá para ellos solo fuéramos eso.
Sin saberlo, estaban guardando una imagen de su infancia.
Esperábamos este agosto como siempre, hasta que una mañana una de mis
hermanas llegó con una noticia.
—Dicen que este año no vamos.
Nos miramos.
Al principio pensamos que sería un rumor.
Pero pasaron los días y comprendimos que era verdad.
Una se enfadó. Otra no lo entendía. La más joven permaneció callada hasta decir:
—Quizá lo hacen porque quieren cuidarnos.
Y entonces fuimos nosotras las que guardamos silencio.
Porque también podía ser verdad.
Tal vez había personas convencidas de que lo correcto era que ya no estuviésemos
allí. Y no queríamos convertir nuestra tristeza en una pelea.
Pero había una pregunta que no conseguíamos apartar:
¿Qué ocurre cuando algo que ha formado parte de la memoria de un pueblo durante
generaciones deja de estar?
¿Desaparece una tradición?
¿O aprende a vivir de otra manera?
Aquella tarde volamos hasta visitar a unos viejos conocidos: los bueyes que también
forman parte de otra de esas estampas que Alcalá reconoce como suyas.
Les contamos lo sucedido.
—Este año no estaremos con la Virgen.
Uno de ellos nos miró tranquilamente.
—Las cosas cambian —respondió.
—¿Y no os preocupa?
Pensó unos segundos.
—Lo importante será que, cuando algo cambie, los hombres recuerden por qué
estuvo ahí.
No hizo falta decir más.
Regresamos al Santuario pensando en aquellas palabras.
Porque cambian las leyes, las costumbres y las sensibilidades. Cambian los pueblos.
Y seguramente algunas cosas deben cambiar con ellos.
Pero quizá haya algo que no debería perderse: la memoria.
Llegó el 15 de agosto.
Las campanas volvieron a sonar.
Alcalá volvió a llenar sus calles.
La puerta del Santuario se abrió y Ella salió de nuevo al encuentro de su pueblo.
Esta vez sin nosotras.
Desde lejos vimos a una mujer secarse una lágrima y a un padre levantar a su hijo
para que pudiera verla.
Entonces comprendimos algo.
Quizá nuestro verdadero lugar nunca estuvo únicamente a los pies de la Virgen.
También estaba dentro de quienes nos habían visto acompañarla durante tantos
años.
En los recuerdos de quienes nos conocieron sobre el paso.
En aquel niño que algún día será adulto y recordará que, cuando era pequeño, había
unas palomas blancas junto a la Virgen.
En quienes sigan subiendo al Santuario para pedir, agradecer o simplemente estar.
Alguna bromeó:
—Al final tendremos que vestirnos de hermanas y quedarnos cuidando la casa de
la Virgen.
Nos reímos.
Pero después pensamos que quizá aquella ocurrencia no era tan disparatada.
Porque cuidar un Santuario también es cuidar las historias que viven dentro de él.
No sabemos si alguna vez volveremos a acompañar a la Virgen del Águila.
Ni siquiera sabemos si debemos hacerlo.
Eso ya no nos corresponde decidirlo a nosotras.
Somos sólo palomas.
Pero si algún día un niño mira una fotografía antigua y pregunta:
—¿Por qué había palomas junto a la Virgen?
ojalá alguien se siente a su lado y le cuente la historia.
Porque quizá las tradiciones no desaparecen cuando dejan de verse.
Desaparecen cuando ya nadie recuerda lo que significaron.
Nosotras, mientras tanto, seguiremos cerca.
Este año no hemos bajado con Ella.
Pero no nos hemos ido.
Sólo hemos cambiado de nido.
Ismael Portillo Caraballo
605.42.95.83
itaismporcar@gmail.com

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