Opinión

La noche que tuvo miedo de mirarse

Aquella noche no le daban miedo los muertos, ni aquellas calabazas con cara de no haber dormido.

 

La noche que tuvo miedo de mirarse

 

Aquella noche no le daban miedo los muertos, ni aquellas calabazas con cara de no
haber dormido. Tampoco le daban las brujas ni los fantasmas. Le daba miedo algo
bastante más sencillo. Mirarse.
Había intentado convencerse de que eran cosas sueltas: un roto por aquí, una
mancha o alguna costura descosida que podría arreglarse cuando terminara la fiesta.
Pero últimamente las noticias no ayudaban.
Una avenida de San Francisco aparecía entre denuncias por aceras deterioradas,
baldosas levantadas, alcorques vacíos y falta de mantenimiento. En otro lugar, unos
vecinos se encontraban junto a sus casas restos de coronas funerarias donde nunca
deberían haber acabado. Y, como si estos días quisieran colaborar con la ambientación, la
Avenida de la Constitución dejaba su propio susto: un árbol derribado que, por fortuna,
no causó daños personales.
Halloween siempre había tenido fama de sacar a los muertos a la calle. Pero aquello
empezaba a tomarse la tradición demasiado en serio.
Por suerte, no todo estaba resultando inquietante. En algunas calles el verano y la
Navidad parecían haber decidido firmar la paz.
Los toldos seguían recordándonos aquellos días en los que buscábamos
desesperadamente una sombra mientras las luces navideñas comenzaban a anunciar que
dentro de poco estaremos buscando turrones.
Uno puede salir de casa sin saber si necesita crema solar o empezar a pensar dónde
guardó las bolas del árbol.
Y quizá tampoco sea tan extraño. Porque Halloween también ha cambiado mucho.
Hubo un tiempo en el que muchos no sabíamos decir: truco o trato. Ni falta que nos
hacía. El trato era darles un beso a nuestros abuelos y el truco, descubrir de qué bolsillo
iban a sacar aquel Pistolín o aquella moneda que llevaban guardando quién sabe cuánto
tiempo esperando nuestra visita.
Con los años llegaron las calabazas, los disfraces, las telarañas de plástico y los
caramelos detrás de una puerta y algunos de aquellos bolsillos dejaron de estar.
Apenas unas horas después de quitarnos las máscaras llega un día en el que muchos
recordamos a quienes ya no pueden abrirnos la puerta.
Y entonces puede bastar un caramelo para que regresen durante unos segundos.
Aquella noche no quería ponerse triste y comenzó a sentir que el disfraz empezaba a
pesarle.
Había leído que, mientras unos titulares hablaban de mantener congeladas las tarifas
del agua, otros advertían de una subida del dos por ciento en el canon de mejora.
Conseguir que algo esté congelado y suba al mismo tiempo no está al alcance de
cualquiera. Quizá fuera otro truco de Halloween y el trato ya lo descubriríamos al llegar
el recibo.
Siguió andando. Y empezó a comprender que lo que realmente le incomodaba no
eran solamente aquellas noticias.
Porque no todas las manchas de una ciudad las pone quien la administra. Algunas
las ponemos quienes vivimos en ella.
Quien deja una bolsa donde no debe. Quien ensucia un rincón que también es suyo
porque, precisamente por ser de todos, parece no pertenecer a nadie.
Es mucho más fácil señalar una mancha cuando sabemos que la ha puesto otro, lo
difícil es preguntarnos si alguna lleva también nuestras huellas. Quizá aquel disfraz se
hubiera confeccionado entre demasiadas manos.
La noche avanzaba. Por las calles corrían pequeños vampiros, brujas diminutas y
algún esqueleto que pedía caramelos con una educación que muchos vivos podrían
envidiar.
Pero seguía sin querer mirarse. Se había repetido durante días que no pasaba nada
y que después de Halloween bastaría con quitarse el disfraz, guardarlo en un cajón y
continuar como siempre.
Pero empezaba a sospechar que no sería tan sencillo así que dejó de huir. Caminó
hasta un lugar que conocía desde siempre.
Se acercó despacio, no había ningún cristal, ningún marco ni pared. Sólo agua. Y
por primera vez aquella noche se atrevió a mirar.
Entonces comprendió por qué había sentido miedo. Quien llevaba horas intentando
convencerse de que todo aquello era simplemente un disfraz no era una persona.
Era Alcalá.
Y aquello donde acababa de mirarse tampoco era un espejo cualquiera. Llevaba
siglos atravesándola. Había movido molinos, acompañado paseos, visto crecer
generaciones y prestado incluso parte de su nombre a quienes viven junto a él.
Era el Guadaíra.
Y resulta mucho más difícil esconderse cuando aquello que forma parte de tu propia
identidad te devuelve la imagen.
El agua siguió corriendo, no dijo nada. Los espejos nunca lo hacen.
Solo devuelven aquello que tienen delante.
Y quizá aquella noche Alcalá comprendió que tener heridas no era lo
verdaderamente aterrador. Las heridas pueden cuidarse. Lo que está roto puede repararse
y lo que está mal puede cambiarse.
El verdadero miedo sería otro.
Acostumbrarse tanto a sus heridas que algún día dejara de verlas.

Ismael Portillo Caraballo

 

 

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Ismael Portillo Caraballo

Observo lo invisible en lo cotidiano. Encuentro lo oculto. Despierto tus emociones.

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