
¿“Hodio” o “Jodío”?
Opinión:
Dicen los gurús de la comunicación en la Moncloa que las palabras construyen realidades. Es una máxima muy bonita para quienes viven entre moquetas y sueldos públicos, pero aquí, en el mundo real, sabemos que las realidades construyen , y a veces destruyen, el lenguaje.
Hace un tiempo, el Gobierno nos invitó a combatir el “hodio”. Con su hache aspirada, pretendidamente educada, (probehitos) esa que busca elevar el tono moral de un país mientras el IPC se da un paseo por las nubes.
Pero, claro, se olvidaron de que aquí, en Alcalá, en el sur la lengua no es un mueble de catálogo, es un organismo vivo y el habla andaluza derrocha y le sobra cultura y velocidad mental para dar un giro tan inteligente como sarcástico.
El arte de la poda (y el diagnóstico)
En Andalucía tenemos un arte que al sanchismo le resulta indescifrable: la economía del lenguaje. Esa capacidad de practicar la elipsis, de realizar una poda gramatical tan precisa que, por pura eficiencia energética, nos comemos las letras finales y aspiramos las iniciales como quien le quita el aire a un globo que ya no tiene gracia. Para nosotros, la vida es demasiado corta para andarse con circunloquios; si algo no aporta, se recorta.
Cuando el político llega con su eslogan de laboratorio, intentando impostar una hache que no le pertenece, se topa con nuestro ingenio. Al intentar pronunciar ese «hodio» con ese aire de superioridad moral, nuestro instinto lingüístico, que prefiere la contundencia de la jota a la tibieza del aire, el que se “mama” aquí, lo transforma instantáneamente en un “jodío” que suena a verdad desnuda.
No es falta de cultura, es exceso de lucidez. Es la “Ley del Mínimo Esfuerzo Intelectual” aplicada a la política. Mientras ellos se pierden en la sofisticación de su propia voz, el ciudadano hace un diagnóstico sociológico, cuando el Gobierno (el que sea) nos pide que no caigamos en el odio, el andaluz, con ese giro de garganta que lo dice todo, traduce lo que siente al final de mes al ver que, efectivamente, la cesta de la compra nos tiene a todos jodíos.
La gramática de la precariedad
Lo fascinante de este desajuste fonético es que el error de pronunciación es, en realidad, un acierto descriptivo. Ese «jodío» no es un insulto soez; es una síntesis brillante. Es la ironía de ver cómo te venden un país de ensueño mientras la realidad cotidiana se desmorona.
Es la diferencia entre el discurso de despacho y la cultura de la calle, la política de laboratorio se ahoga en su propia retórica, pretendiendo que la realidad se ajuste a su diccionario mientras nos vacían los bolsillos. Pero claro, llega el ingenio andaluz, el que observa la realidad, el que quita el envoltorio brillante y, con una simple aspiración, nos devuelve el diagnóstico exacto de cómo nos tiene el sanchismo: con el presupuesto apretado, el optimismo bajo mínimos y una gramática política que, por mucho que se empeñen en pulir, suena exactamente a lo que suena.
Al final, resulta que la «h» no estaba muda; estaba esperando el momento justo para salir a la luz y decirnos, con la crudeza del que sabe dónde aprieta el zapato, lo que realmente pensamos. Que nadie se ofenda.
Si la política es pura interpretación, permitidnos que en el sur, por pura cultura, sigamos llamando a las cosas por su nombre. Aunque sea aspirando el aire, que es lo único que, de momento, todavía no nos han gravado con un impuesto especial.
Porque si no puedes aspirar a nada en este país, al menos aspira la hache y di las cosas como son: estamos jodíos, pero al menos no hemos perdido ni el sentido del humor ni nuestro arte andaluz, ese del que algunos sin tener ni pajolera idea de nuestra historia o nuestros personajes, pretenden hacerla suya haciendo un ridículo espantoso y que cuando alguien que si se ha preocupado en aprender más que en vociferar, en un minuto y medio les da una clase magistral los deja en “tanguita” y muy jodíos, pero eso ya será otra historia.




