Opinión

«Cuando la ilusión no deja dormir” El Betis vino a verme

El Niño de la Virgen, el Aguilito, llevaba toda la noche fingiendo que dormía.

 

«Cuando la ilusión no deja dormir” El Betis vino a verme

 

El Niño de la Virgen, el Aguilito, llevaba toda la noche fingiendo que dormía.
La Virgen del Águila lo sabía.
Las madres saben esas cosas. No hace falta que un hijo diga nada. Basta con que se
mueva más de la cuenta, que respire distinto o que intente hacerse el dormido demasiado
bien.
—¿Qué te pasa esta noche?
El Niño apretó los ojos.
—Es que mañana vienen a casa.
Llevaba días escuchándolo.
Al día siguiente subirían al Santuario los jugadores del Betis.
Ya se sabe cómo son los niños cuando esperan algo que les hace ilusión: preguntan
cuánto falta, vuelven a preguntar al rato y, cuando llega la noche, dormir parece
imposible.
Aquella noche algo de la ilusión del Aguilito se fue extendiendo por Alcalá.
Quizá soñó. Quizá no. A veces la ilusión de un niño llega a sitios donde él mismo
no podría llegar. De alguna manera estuvo en San Miguel, en la Plazuela, en el centro y
en esos barrios donde cada uno guarda su propia forma de querer a Alcalá: Silos, Rabesa,
Campo de las Beatas, Nueva Alcalá…
A esas horas algunos hornos ya estaban encendidos. Mientras media Alcalá dormía,
había manos trabajando. Empezaba a oler a pan recién hecho.
Esos olores que uno ha olido tantas veces que casi deja de darse cuenta de que
también forman parte de casa.
Lo curioso es que en todo aquel recorrido no preguntó a nadie de qué equipo era.
No se le ocurrió. Los niños todavía tienen esa suerte.
Cuando algo les hace felices, primero quieren contarlo. Ya habrá tiempo después
para que los mayores pongamos colores, diferencias y razones para discutir.
Él solamente quería que sus amigos supieran que al día siguiente venían a casa.
Al amanecer, la Virgen volvió a mirarlo. Allí estaba, en sus brazos con los ojos
cerrados, como si no hubiese ocurrido nada, aunque su sonrisa aquella mañana era
distinta. Prefirió no preguntarle ya que las madres prefieren saber sin necesidad de que se
lo cuenten.
Pasaron las horas, empezó a escucharse movimiento fuera del Santuario.
El Aguilito llevaba ya un rato pendiente de la puerta. Durante unos segundos se
quedó quieto. Había esperado tanto aquel momento que ahora no sabía muy bien dónde
mirar. El verde y el blanco apareció dentro del Santuario.
El Niño miró a su Madre.
En su cara estaba todo.
Esa mezcla tan de niño entre alegría y vergüenza cuando aparece por fin alguien
que llevas esperando varios días.
Los miraba entrar, acercarse, hablar.
Y seguramente alguna cara le resultaba conocida de haberla visto muchas veces.
Pero allí parecían diferentes. No había un estadio alrededor. No había gente
gritando. No había un partido que ganar. Solo personas que habían subido hasta su casa.
Y eso le gustó. Cómo se acercaban a su Madre. Cómo miraban. Cómo, durante un
rato, el fútbol se quedaba fuera.
El Aguilito buscó entonces la puerta del Santuario con la mirada. Detrás estaba
Alcalá.
Y quizá volvió a acordarse de aquella noche que no sabemos si ocurrió.
De San Miguel, de la Plazuela, de los barrios, del olor del pan, de las tortas y las
bizcotelas.
Él no necesitaba que todo Alcalá fuese del mismo equipo. Solo quería compartir su
alegría.
La visita terminó.
Poco a poco fueron marchándose las voces, los pasos y el movimiento.
El Santuario volvió a quedarse tranquilo.
La Virgen miró a su Niño.
Ahora sí parecía cansado. El Aguilito se quedó callado un momento. Miró hacia la
puerta. Y detrás de aquella puerta estaba su pueblo.
La Virgen no dijo nada. Lo apretó un poco más entre sus brazos. Porque quizá crecer
consista también en descubrir esto:
Que hay personas que llegan de visita…y otras que, sin saberlo, se quedan para
siempre en algún rincón de nuestra memoria.
Ismael Portillo Caraballo

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