Opinión

Turismo andaluz, el éxito que se despeña en chanclas

 

Turismo andaluz, el éxito que se despeña en chanclas

 

Hay gobiernos que administran su región y gobiernos que administran su propaganda. El nuestro pertenece sin duda a la segunda especie. Nos repiten, con la sonrisa profesional del que ha aprendido a no sonrojarse, que Andalucía va como un cohete porque llegan turistas, suben las pernoctaciones y los titulares se llenan de cifras que parecen redactadas por la agencia de viajes de la consejería. Pero basta rascar un poco para ver lo que hay debajo: precariedad, saturación, vecinos expulsados del centro de todas las ciudades y servicios públicos forzados al límite. Eso no es éxito, es la degradaciónvistabajo la sombrilla del hamaquero.

El problema no está en que atraigamos a miles de visitantes a nuestra ciudades. El problema está en que el gobierno ha decidido confundir afluencia con calidad y facturación con bienestar. Se ha instalado una lógica de casino: mientras entren monedas, nadie pregunta quién paga las averías, quién soporta el ruido, quién encuentra casa o quién limpia después de cadafestejo.El turismo, así administrado, deja dinero en algunas manos y cansancio en casi todas las demás.

La falta de personal no es solo un problema estructural, sino la prueba de que el modelo está mal construido. Se quiere servir más con menos personal y cobrar más por menos servicio. ¿Dónde están los acuerdos bilaterales para realizar las contrataciones en origen que puedan soportar el sistema con dignidad? Luego, llegarán los discursos solemnes sobre sostenibilidad, excelencia y modernización, como si bastara con pronunciar esas palabras para corregir lo que el presupuesto, la planificación y la responsabilidad política han dejado pudrirse.

Y en medio de ese decorado, los sucesivos gobiernos actúan como un mal gerente que se limita a echar perfume en la basura. Las carreteras no dan abasto, el transporte público llega tarde o simplemente no llega, la vivienda se convierte en un activo especulativo y el vecino empieza a sentirse invitado en su propio barrio. Se protege la postal, pero se abandona la ciudad real. Se cuida la foto, pero se deja sin defensa la vida cotidiana.

Los turistas acabarán cansándose de recorrer ciudades que, una tras otra, se muestran idénticas: las mismas franquicias de empanadas, las mismas tiendas de Inditex, la misma oferta gastronómica estandarizada y el mismo paisaje urbano desprovisto de cualquier rastro de alma. Quienes no sean capaces de definir un modelo turístico de calidad, capaz de preservar la idiosincrasia de cada ciudad, su comercio, su gente y sus costumbres, terminarán por destruir el atractivo que sostiene el propio negocio. Porque el turismo masivo, cuando se vuelve despiadado y uniforme, convierte a las ciudades en escenarios sin ciudadanos, y al diluir su patrimonio acaban por destrozar aquello que las hacía únicas.

Lo más grave es la desvergüenza política con la que se vende este modelo. Cada verano se nos dice que todo va mejor, que el destino está consolidado, que Andalucía brilla. Pero el “AndalusianCrush” de los eslóganes no tapa la erosión del tejido social ni la degradación del espacio urbano. Un gobierno local serio se preguntaría cuántos turistas puede soportar la ciudad sin quebrarse; los nuestros, en cambio, parecen preguntarse cuántos aplaudidores caben en la próxima rueda de prensa.

 

En realidad, el turismo masivo es la profunda cueva donde se esconde una incompetencia más amplia. Permite gobernar sin resolver nada, que es la gran virtud de los políticos profesionales, porque siempre hay una temporada buena para exhibir y una cifra récord para aplaudir. Pero Andalucía nopuede gobernarse solo con las estadísticas de temporada alta. Se gobierna con vivienda, con limpieza, con movilidad, con orden y con una economía que no dependa de exprimir camareros, encarecer alquileres y convertir barrios enteros en parques temáticos.

Andalucía necesita menos autoelogio y más vergüenza torera. Necesita un gobierno que deje de confundir la subida del número de visitantes con la salud del sector. Porque cuando un modelo económico necesita ocultar las consecuencias directas de este para parecer exitoso, ya no estamos ante una política económica, estamos ante una estafa con folclore y bata de cola.

 

Raúl Morales del Piñal de Castilla

Consejero de la sociedad pública Congresos y Turismo de Sevilla

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