A la novia se le pasa el arroz y no se da cuenta
El 17M, hace ya un par de domingos, se rompió el idilio tras un noviazgo de cuatro años.

A la novia se le pasa el arroz y no se da cuenta
El 17M, hace ya un par de domingos, se rompió el idilio tras un noviazgo de cuatro años. La escena no hubiera sido tan humillante, si no se hubiera pasado los meses previos anunciando el enlace a bombo y platillo. En el bridge de sus tías no se hablaba de otra cosa, aquella boda prometía devolver a la familia el lustre que el tiempo y la pasividad había ido apagando.
La imagen era triste. La novia seguía teniendo posibilidades, desde luego, pero daba cierta lástima verla sonreír con esa expresión más forzada que nunca.—A la niña hay que casarla pronto; no puedes dormirte en los laureles— le repetían sus tías.
Y lo cierto es que la novia lo tenía relativamente fácil. Sabía perfectamente quién era el único pretendiente que jamás terminaría de despreciarla.El muchacho elegido ya la había pretendido, pero ella le dio mala vida durante cuatro años, y este, tras pasárselos desportillando los dinteles de las puertas de palacio, había aprendido la lección. Sin ni siquiera levantar el teléfono, ella sabía que volvería a cortejarla lo suficiente, un noviazgo rápido, y al altar sin demorarlo lo más mínimo.
El único problema es que el futuro novio, ya de vuelta, no le pensaba dar rienda larga. Más bien tenía en mente aparejarla en corto, su intención era ponerla cuatro riendas con serreta de castigo, para que no se le escapara a trotar alegremente por la finca como si nada tuviera consecuencias. Las condiciones exigibles para el futuro novio eran claras y ella lo sabía. Como también sabía que cumplirlas era mucho pedirle a una yegua acostumbrada pacer libre por la dehesa, sin más obligación que contemplarse satisfecha en el espejo de su propia vanidad durante otros cuatro años.
El nuevo pretendiente, buen conocedor del paño y curtido en estas lides, no se va a resignar con oírle recitar los votos solemnes mientras ella cruza los dedos bajo el velo recogido en el brazo, consciente del sacrilegio que supone mentir ante la biblia. Esta vez le exigirá algo más que dulces promesas carentes de honestidad. Pedirá garantías, compromisos y pruebas de fidelidad. Ella lo sabe, por eso no se resigna a un matrimonio que la obligará por primera vez a cumplir lo prometido. Pero el tiempo se precipita inexorable y la espera empieza a volverse peligrosa.
¡Ay, si aquel idilio se hubiera consumado! Habría sido la boda soñada, no solo para la novia, sino para toda la familia, que había depositado enormes esperanzas en consolidar aquella unión. El padre, probablemente, era el más interesado, tenía apalabrado ya un cortijo de alcurnia, con más olivos que los del ducado de Alba, que iba a sacar al cabeza de familia de la precaria situación en la que lleva sumido una larga temporada. Se lo dejaban fiado, a pagar con las rentas que fuera obteniendo. Es lo que tiene emparentar con una buena casa, que sirve de aval para aventuras a las que jamás podría aspirar por sí solo.
Pero la realidad se impone una vez más, y la novia tiene que casarse de forma inminente. Se le está pasando el arroz mientras se peina sonriente ante el espejo de su vanidad.
Al final despertará de sus ensoñaciones, porque no le queda otra salida y ella lo sabe. Llamará al muchacho, aceptará las mínimas condiciones necesarias que garanticen un matrimonio provechoso dentro de la fidelidad conyugal, de conveniencia, pero al menos honorable y bueno para todos. De esa unión depende mucho más que el porvenir de las dos familias. De ella depende la estabilidad y el bienestar de todos los que los rodeamos.
Raúl Morales del Piñal de Castilla



