Opinión

Europa aprueba su propia eutanasia económica

Europa ha decidido que competir era una vulgaridad del siglo XX y que producir, innovar o defender una mínima soberanía tecnológica era demasiado tedioso para una burocracia acostumbrada a hacer de la inercia un arte mayor.

 

Europa aprueba su propia eutanasia económica

 

Europa ha decidido que competir era una vulgaridad del siglo XX y que producir, innovar o defender una mínima soberanía tecnológica era demasiado tedioso para una burocracia acostumbrada a hacer de la inercia un arte mayor. Así que aquí estamos, en 2026, con una Unión Europea que se felicita por su “autonomía estratégica” mientras depende de terceros para los chips, las baterías, las materias primas y hasta para no parecer la sucursal administrativa de China y Estados Unidos.

El caso es admirable: durante años nos han vendido el dogma de la transición verde como si fuera una tabla de salvación, cuando en la práctica ha servido para encarecer la energía, castigar a la industria y convertir la competitividad en una especie de reliquia arqueológica. No lo digo yo; lo dicen los datos que Bruselas intenta esconder bajo la alfombra de los buenos sentimientos: el coste de la energía industrial en Estados Unidos es cinco veces inferior al europeo, la UE solo emite el 8% de las emisiones globales y, aun así, se empeña en legislar como si el planeta dependiera de nuestro sacrificio ritual.

Y, mientras tanto, la gran solución comunitaria ha sido endeudar a varias generaciones con una alegría que ya quisieran para sí los tahúres de casino. Los Next Generation EU ascendieron a 750.000 millones de euros, luego ampliados hasta 806.900 millones, y Mahatma Draghi propone añadir otros 800.000 millones más para tapar el agujero de competitividad que han ido cavando populares y socialistas con disciplina ejemplar. Es decir, primero arruinamos la casa, después pedimos otra hipoteca para pintar la fachada, y finalmente llamamos “resiliencia” al incendio que nosotros mismos hemos provocado.

España, por una vez, podría ser algo más que comparsa, que ya sería una novedad histórica en Bruselas. Aunque desgraciadamente será complicado en nuestra situación que alguien siquiera nos mire, mientras en España sigan gobernado los del clan de los collares ningún país serio se permitirá ni acercarse. La realidad es que nuestro país tiene 213.000 millones de euros acumulados en IED en Iberoamérica, alrededor del 15% del total de la UE, más de 600 filiales operando en la región y una capacidad institucional que le permite hablar con gobiernos de todo signo, desde Lula hasta Milei, sin necesidad de traducir cada frase a la jerga de los tecnócratas. Esa posición no es un adorno diplomático; es una herramienta real para conectar a la UE con el único espacio donde todavía quedan crecimiento, recursos y margen de maniobra.

Pero claro, para aprovechar esa ventaja haría falta que Europa entendiera algo tan simple como que las cadenas de valor no se reconstruyen con comunicados, sino con industria, inversión y conocimiento local. El Global Gateway, con sus 300.000 millones de euros, sigue atrasado precisamente por lo que siempre lastra los grandes proyectos europeos: mucha ambición en los folletos y poca capacidad de ejecución en la realidad. Y mientras Bruselas redacta estrategias, China ya domina el 65% del litio latinoamericano, el 80% de la producción global de paneles solares y el 90% de las tierras raras.Se ha posicionado claramente para monopolizar los sectores que decidirán quién manda en el siglo XXI.

La tragedia es que Europa todavía actúa como si el problema fuera de imagen, cuando es de supervivencia. Cada trimestre que pasa sin medidas serias, competitivas y productivas, la UE pierde soberanía real y gana dependencia material; que es una forma muy europea de llamar al declive. Si Madrid no asume un papel central en la reconstrucción económica birregional, otros lo harán por nosotros, y luego volveremos a poner cara de sorpresa cuando descubramos que el futuro lo han firmado en otro idioma.

Lo peor es que todo esto se presenta como si fuera sensatez, progreso y modernidad, cuando en realidad huele a decadencia envuelta en papel reciclado. Europa no necesita más eslóganes verdes ni más deuda con sello moral; necesita producir, abaratar energía, asegurar materias primas y dejar de comportarse como si la soberanía fuera un concepto incómodo. Y si no lo hace, no será por falta de avisos, sino por exceso de gobernantes empeñados en disfrutar de la ruina que han votado para los demás.

 

Raúl Morales del piñal de Castilla

 

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