Ladrar también es querer un pueblo
De pequeño me enseñaron que los perros ladran cuando tienen miedo.

Ladrar también es querer un pueblo
De pequeño me enseñaron que los perros ladran cuando tienen miedo.
Con los años descubrí que, a veces, ladran porque han visto algo que los demás prefieren
no mirar.
Unas veces ladran para avisar. Otras para proteger. Y otras, simplemente ladran
porque callarse sería peor.
Este año, mientras Alcalá vuelve a distinguir a quienes dejan huella en su historia,
yo también he pensado en mi particular alcalareño distinguido. Puede gustarnos lo que
dice o no. Podemos estar de acuerdo con él una noche y discrepar a la siguiente. Pero hay
algo difícil de negar: ha elegido no callarse.
No nació aquí. Pero hay lugares que terminan formando parte de una vida más que
el propio lugar de nacimiento. Y para Manu Sánchez, un rincón de Alcalá que para
muchos no es más que un aparcamiento quedó ligado a uno de esos momentos en los que
la vida cambia de dirección.
Quizá por eso, cuando lo escucho ladrar en El perro andaluz, no puedo evitar pensar
que algunos ladridos también han aprendido a tener acento alcalareño.
Ojalá aprendamos todos ese idioma. No para ladrarnos unos a otros, ni para hacer
más ruido del necesario. Sino para avisar cuando algo no va bien, defender lo que merece
ser cuidado y celebrar, con la misma fuerza, aquello que se hace bien.
Porque Alcalá también necesita saber ladrar. No para enfrentarnos o para hacernos
daño.
Ese ladrido incómodo del ciudadano que ve algo que no funciona y lo dice, no desde
el odio ni el insulto, sino desde la responsabilidad, como el cansancio expresado por
vecinos y comerciantes por las obras de la calle La Mina y la Plaza del Cabildo, sintiendo
que llevan demasiado tiempo esperando que vuelva a pasar por delante de sus escaparates
los mismos pasos de antes.
Y ladrar también de alegría cuando una romería vuelve a reunir a cientos de
alcalareños alrededor de su Patrón.
Ladrar cuando un barrio siente que desplazarse en transporte público durante el fin
de semana se convierte en un problema.
También ladrar de alegría cuando nuestros colegios mejoran, cuando una clase
mejora sus condiciones frente al calor o cuando invertimos en aquello que nuestros niños
utilizan cada día.
Y habrá días en que toque ladrar más fuerte. Como cuando decenas de niños de San
Juan de Dios no pudieron comenzar el curso con normalidad por falta de transporte y
monitores.
A veces una dificultad concreta nos recuerda algo mucho más amplio: que no todos
los niños necesitan lo mismo para crecer.
Algunos necesitarán más ayuda, otros, más tiempo y otros nuevos retos. Lo
importante es que ninguno encuentre en el camino una puerta cerrada antes de haber
podido descubrir hasta dónde podía llegar.
Ahí el ladrido debería ser de todos. Porque hay silencios que, cuando afectan a
quienes más apoyo necesitan, terminan haciendo demasiado ruido.
Y aplaudir cuando nuestros teatros se llenan y Alcalá demuestra que también sabe
hacerse escuchar desde un escenario.
Quizá por eso, cuando escucho a Manu ladrar, pienso en si sabremos levantar la voz
cuando algo duela, reconocer cuando algo se hace bien y no acostumbrarnos a pasar de
largo.
No quiero una Alcalá que ladre por todo. Tampoco una que calle por miedo.
Quiero una que sepa cuándo avisar, cuándo defender, cuándo celebrar y cuándo
guardar silencio.
Porque quizá querer de verdad un lugar sea eso: no dejar que aquello que importa
pase delante de nosotros sin decir nada.
Ismael Portillo Caraballo
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