Opinión

El espejo

 

El espejo

 

«Pues, allí están, un año más, con sus alas, con su pico, quién pudiera ser como ellas y volar, aunque yo ya sé que pronto volaré. A ver, esta es la pastilla de los martes, ¿pero hoy es martes o miércoles? No sé, qué cosa más extraña es esto de ser vieja, aunque, cuando era joven, hubo un tiempo en el que no sabía qué día era, tampoco importaba, qué tiempos, y ¿qué más da si es martes? Total, para lo que tengo que hacer…»

Eulalia mira con insistencia el pastillero. Su voz es débil, suena como un pequeño murmullo, lejano y casi metálico, como queriendo pasar desapercibida, como enfadada sin estarlo; mira con insistencia el móvil, ese aparato que le dieron sus hijas para estar en contacto y que casi nunca suena, mira si tiene las rayitas, comprueba que está a la mitad y lo pone en carga enseguida, por si se gasta, por si la llaman, por si acaso.

«Yo me la tomo y ya está, total, te las dan para olvidar, para que no molestes, aunque lo más molesto es el silencio, mierda de silencio, por la mañana hay ruido, cuando vienen a limpiar y te hablan como si fueras tonta, o una niña chica, esta pastilla está bien, me hace dormir, dormir es como alargar el silencio, con el montón de cosas que podría contar, pero no quieren escucharme, me prefieren dormida, o tonta, o niña chica, casi es lo mismo que estar muerta, casi».

Eulalia se asoma a la ventana de la habitación, mientras suena su murmullo muy bajito, lo apacigua en su cabeza, para no molestar, no vayan a creerse en la residencia otra cosa que no es.
Esa retahíla que lleva mascullando toda la tarde rebota en las paredes de la habitación, parece como si la televisión estuviera encendida, pero es ella, lo hace a posta, para oírse, para saber que está en el mundo todavía.

La habitación es interior y da al patio, tiene suerte, su paga le permite una habitación para ella con una ventana. En verano hace un calor horroroso y en invierno es peor, hace un calor horroroso porque ponen la calefacción al máximo, aun así, Eulalia se las arregla para ver el tejado de la iglesia, arrima la pequeña silla de escritorio que tiene en su habitación y se sube en ella.

Se estira todo lo que puede, alarga su cuello hasta donde se lo permiten los dolores de la cervical para intentar mirar el campanario de la iglesia cercana y admirar una pareja de cigüeñas.

«Ea, allí están, y cómo vuelan las jodías, ¿cuánto pesará ese nido? Lo menos trescientos kilos, o más, seguro que rondará eso, trescientos kilos o más, ¡y qué calor hace hoy!, madre mía, ya me gustaría abrir la ventana ya, pero está muy dura…»

Eulalia baja de la silla con mucho cuidado de no hacer ruido y, con todas las fuerzas de las que dispone, abre el ventanal, tan solo un poco, para que entre el fresco. El aire le traspasa la tela del camisón y, mezclado con el sudor, siente un poco de alivio en su pequeño cuerpo, haciendo que se olvide su enfado.

La pastilla de los martes va haciendo, poco a poco, el efecto deseado por el médico; adormece los sentidos básicos para proporcionar al sujeto un estado de placidez que le haga olvidar que el móvil no suena desde hace meses, que le haga sentir que la importancia de un ser humano en esas condiciones es la de perpetuarlo como unidad de producción para seguir cobrando.

El médico está en su despacho, la tarde se ha hecho noche y el departamento de marketing necesita aprobar un nuevo tríptico, no son horas y está preocupado, pulsa el interfono y llama a su secretaria.

—¡Maribel, venga a mi despacho, por favor…!

No son horas, pero no importa, Maribel va a estar ahí, seguro.

Maribel ya es mayor, se jubila dentro de muy poco y está deseando salir de allí, de ese trabajo de mierda en el que la muerte ronda los pasillos en todo momento, ha aprendido a oler a la muerte, entre cacas, y orines, y lejía, y Zotal, y ese fuerte olor a viejos, que no se le quita de encima, que convive con ella y con su pituitaria desde el día que entró a trabajar.

Pero lo que lleva peor no son las horas de más que lleva trabajando y sonriendo, y que además sabe que no le van a pagar; lo que peor lleva es sonreír, cientos, miles de desconocidos a los que hay que sonreír, hombres y mujeres que hay que aparcar en una habitación cuando termina la hora de visita, que hay que proteger de sí mismos y de sus familias porque son un activo importante para la empresa, personas a las que hay que dar servicio.

Maribel toca la puerta del despacho.

—Buenas tardes, doctor, con permiso.

El médico del centro no contesta, está pendiente de la reunión con los accionistas y con el departamento de marketing y, en todo caso, él es el médico y saluda lo justo.

—A ver, estas fotos, Maribel, son una puta mierda, no hay ni un solo viejo con cara alegre que podamos utilizar.

—Doctor, siempre queda la inteligencia artificial.

—Pues dele a la inteligencia esa, madre mía, qué fotos. ¿Y esta?

—Eulalia.

—La única que se salva, porque el resto… Vaya caras, y eso que los cuidamos aquí, con sus familias no duraría ni un solo minuto. A Eulalia le va a dar ración doble de flan de mi parte, la foto está bien, la sonrisa es sincera, o lo parece, me gusta, esta foto sí, refleja el espíritu de esta empresa. El resto de viejos no me valen, qué caras, madre mía, lo quiero todo mañana para la reunión a primera hora. Se me ocurre que podríamos llamar a Eulalia y que nos contara un poco cómo le va. Necesitamos transmitir bienestar, eso es todo, es muy simple. Procure que venga limpia y aseada, por favor, asegúrese de que lleva la ropa de la misa, que a estos viejos les gusta mucho la misa del domingo, le pones un buen desayuno y que no tome medicamentos hasta después de la reunión, que la quiero centradita.

—Doctor…
—Dime, Maribel.

—Doctor. Eulalia saltó por la ventana hace una semana.

—Joder.

—Pues nada, inteligencia artificial, qué le vamos a hacer.

Maribel sale del despacho, por fin puede irse, finaliza su turno, mientras cruza el patio y finge sonreír a cada hombre y a cada mujer, en su huida no para de saludar ni de sonreír.
En realidad se está mirando en el espejo, pero Maribel no lo sabe aún, solo siente asco.

 

 

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Fernando Viera

Si no fuera yo, sería el que pone agua en el Congreso de los Diputados. Escribo porque si no, reviento, y una vez estuve en un gimnasio. Creo que en invierno hace frío y en verano calor, soy un negacionista.

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