
Mirar pa Cuenca
Yo siempre he dicho que cuando un político toca algo, es para estropearlo. Sin embargo, y en este caso particular, concejales de medio ambiente y de medio pelo, jerifantes de la cuenca hidrográfica, que sólo miran a Cuenca, han decidido todos a una mirar para otro lado y no tocar.
A mí no me extraña. Mires donde mires, todo el mundo habla del cambio climático. Qué curioso que nadie mira las tierras de labor, convertidas en mares de cristal. A ningún apóstol de lo verde parece importarle que, donde antes se cultivaban lechugas o puerros, ahora sólo haya un secarral con espejos mirando al cielo.
Pero ¿quién soy yo para hablar de ecología, si conduzco un diésel y pienso que en invierno hace frío y en verano calor? Y no soy negacionista, pero tampoco soy gilipollas.
El pasado mayo, un grupo de personas —no voy a decir ecologistas, porque cada uno será lo que quiera ser; en ese grupo me constan gente de izquierdas y de derechas—, por lo tanto es mejor decir un grupo de vecinos, de personas comprometidas, encontró unas ruedas en un pequeño arroyo que desemboca en el río Guadaíra.
Eran, y son todavía, ruedas de camión. Al contarlas, «porcima», calcularon unas treinta aproximadamente, allí tiradas, en el riachuelo.
En un principio se pensó en llamar a Iker Jiménez, porque parecía que no habían salido de ningún sitio. Podría decirse que era una aparición mariana o incluso ruedil. Lo que quedaba claro era que no era una pareidolia; eran ruedas, de cuarenta kilos cada una. Se podían tocar, oler y, con algo de estómago, saborear; lo que no se podían era sacar.
Este grupo de personas lo primero que hizo, que es lo que haría todo buen vecino, fue denunciarlo. Vino el SEPRONA y tomó nota; no sabemos dónde fue a parar la nota. Como toda denuncia tiene un recorrido, se levanta acta, se informa a la confederación pertinente, se informa a la autoridad local competente, a la provincial competente, a la regional competente, se hacen las pesquisas y se abre expediente sancionador. Pero las ruedas seguían en su sitio.
Este grupo de personas lo segundo que hizo fue ponerlo en conocimiento de la Confederación Hidrográfica, y los que se ocupan de la cuenca también tomaron nota. Aún están mirando para Cuenca, me consta.
Este grupo de personas lo tercero que hizo fue acercarse a sus políticos de confianza, a los responsables de Medio Ambiente, a los que votas cada cuatro años; sí, a esa gente. En este caso, al Ayuntamiento de Carmona, que es el término municipal donde se encuentran las malditas ruedas, y al Ayuntamiento de Alcalá de Guadaíra, que es el término municipal donde pasa el Guadaíra, río este que se lleva toda la porquería del otro riachuelo. Los políticos tenían una reunión en Cuenca. No sabemos si han tomado nota, pero me consta que en Cuenca hay cobertura.
Este grupo de personas lo cuarto que hizo fue sacar, por sus propios medios, las ruedas y constatar que el caucho de los neumáticos obstruía el cauce del riachuelo y que debían de ser neumáticos macho y hembra. Mojados y en una cuenca, las treinta ruedas se convirtieron en ciento cincuenta y seis. ¿Milagro? Iker Jiménez estaba en Cuenca por un avistamiento; ya ha sido avisado.
Pueden ver las ruedas en hilera en la carretera si van a Carmona. Estoy seguro de que, si van a Cuenca, verán a los responsables haciendo las cosas que se hacen en Cuenca.
Quiero, dar las gracias a esas personas que altruistamente han sacado toda esa mierda del río, que algunos fines de semana limpian sus orillas y otros limpian los aledaños del castillo. Gracias, y en especial a Antonio Torres, porque lo conozco y me sé su nombre, para que lo haga extensible a todo ese colectivo de personas a las que no conozco y que, si no existieran, habría que inventarlas.
Sabed que esto que hacéis tiene un gran valor, y por ello vendrá algún político a ponerse la medalla. Mientras ese momento llega, el río os necesita.
Fernando Viera
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