Alcalá de Guadaíra, a la cola: el castigo del silencio y el despertar que necesitamos.
Los datos recientes sobre inversión estatal por habitante confirman una realidad dolorosa para nuestra tierra: Sevilla es la provincia peninsular con menor inversión del Estado desde 1985

Alcalá de Guadaíra, a la cola: el castigo del silencio y el despertar que necesitamos.
Los datos recientes sobre inversión estatal por habitante confirman una realidad dolorosa para nuestra tierra: Sevilla es la provincia peninsular con menor inversión del Estado desde 1985. Detrás de ese frío titular no hay solo números o estadísticas de despacho; hay oportunidades perdidas, infraestructuras paralizadas y familias que ven cómo su ciudad pierde el tren del futuro año tras año.
Piensen en la Alcalá de hace décadas, erigida en referente industrial de la comunidad mediante el esfuerzo compartido de empresarios y trabajadores, hoy solo vive en el recuerdo de los más mayores.
Y duele todavía más cuando miramos a casa. ¿Dónde han estado los sucesivos gobiernos locales mientras se desmantelaba nuestra industria? ¿Dónde han estado nuestros sucesivos gobiernos municipales ante este agravio histórico?
La respuesta es triste pero fiel a la realidad: callados, agachando la cabeza y conformándose con las migajas. Durante décadas, quienes han gobernado Alcalá de Guadaíra (con el PSOE a la cabeza de forma ininterrumpida, arropado por el rodillo de la Diputación, mientras en la Junta y en España se turnaban las siglas del bipartidismo) han demostrado una ineficacia manifiesta. Se han resignado a gestionar la subsidiariedad, contentándose con planes de empleo temporales y subvenciones cortoplacistas que solo sirven para tapar vergüenzas y comprar voluntades, en lugar de exigir lo que por justicia nos corresponde. Y eso, es precisamente eso, EXIGIR. Es lo que nuestros gobernantes deberían haber hecho mirando hacia los que están más arriba.
Pero, nunca fué así. Por que primero siempre han estado los cálculos políticos y después, muy lejos, el interés del pueblo.
Lo hemos visto esta misma semana con motivo del Día del Turismo. Un evento institucional que debería ser el escaparate del orgullo alcalareño, de nuestro patrimonio, del pan y del castillo, convertido una vez más en un acto exclusivo para «elegidos» y una élite política de los grandes partidos que vive de espaldas a los vecinos de verdad. Celebran sus pequeños cenáculos mientras la realidad económica y social de los barrios les queda lejos. Pero no, no es la lejanía de la distancia física. Es mucho peor, es la distancia del indolente, de aquel a quién se le olvidó para que fué elegido. Vino a la política a servir y terminó sirviéndose a si mismo. Igual fué ese su único interés desde el principio.
¿Hasta cuándo vamos a tolerar este vasallaje? Nos han acostumbrado a mendigar lo que es nuestro por derecho, a ser los últimos de la fila, temerosos de molestar a los jefecillos de partido en Sevilla, en Madrid o donde haga falta. La lealtad a unas siglas nunca puede estar por encima de la lealtad a los alcalareños. Al pueblo.
Así que ya es hora de cambiar las tornas. Alcalá de Guadaíra tiene una identidad inmensa, una historia rica y un potencial desbordante que merece ser defendido desde la prioridad nacional, entendiendo que juntos, firmes y sin complejos, somos mejores y mucho más fuertes. No podemos seguir permitiendo que el sectarismo político nos margine. Que el interés espúreo y personal nos relegue a la última fila.
España entera y nuestra ciudad necesitan un cambio de rumbo radical. Un cambio valiente, sensato y sin ataduras que sacuda el inmovilismo de siempre. Y ese cambio es VOX.
Ya basta de resignación. Es el momento de alzar la voz por Alcalá.
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