A las doce, Alcalá escucha dos campanas
Una está en el Santuario, la otra está algo más lejos.

A las doce, Alcalá escucha dos campanas
Desde hace un tiempo, cuando dan las doce en Alcalá, yo escucho dos campanas.
Una está en el Santuario, la otra está algo más lejos.
La primera forma parte de nuestra vida casi sin darnos cuenta, suena mientras unos compran el pan, otros apuran un café y alguien mira su reloj viendo que ya falta menos para recoger a sus hijos o nietos del colegio.
Es una campana mezclada con nuestras prisas, tan nuestra y tan cotidiana, que quizá de tanto escucharla hayamos terminado hasta por dejar de oírla.
A mí también me ocurría. Hasta que conocí otra campana. Desde entonces, cuando llegan las doce, durante unos segundos mi cabeza se marcha a otro lugar. No siempre. Hay días en los que también voy deprisa, días en los que el teléfono suena o la vida consigue hacer suficiente ruido como para taparlo todo.
Pero otras veces las escucho y algo dentro de mí se detiene.
Hay sonidos que cambian después de haber vivido determinadas cosas. Y momentos en los que uno que aquello que más desea no tiene nada de extraordinario.
Volver a levantarse con prisas, escuchar a un niño protestar porque tiene deberes, encontrar una mochila tirada donde no debería estar, pequeñas cosas que algunos días consiguen desesperarnos.
Hasta que la vida cambia el orden de las cosas y uno comprende que, para alguien, recuperar todo eso es una noticia enorme. Por eso hay fechas que tampoco vuelven a ser simplemente fechas.
Este 10 de octubre Alcalá vuelve a encontrarse con un nombre que forma parte de su memoria: Valeria. Mucho antes de aquel día, su historia ya había conseguido, que personas que ni siquiera la conocían sentían que podían hacer algo por ella.
Alcalá se movilizó, se habló de donación de médula, de compatibilidad. Y hubo algo especialmente hermoso, su familia quiso que aquella movilización sirviera para quienes seguían esperando una oportunidad.
Después llegó el 10 de octubre, y su nombre siguió formando parte de la memoria de Alcalá. Su historia pertenece a quienes la quisieron, antes que a nadie. Yo no quisiera entrar en aquello que solo ellos pueden contar.
Quizás recordar también consista en mirar hacia quienes siguen esperando hoy. Otros niños que cuentan los días de manera distinta, que preguntan cuándo podrán volver a su colegio, cuándo volverán a dormir en su cama e incluso que llegue un día en el que nadie les pregunte como están.
Y detrás de ellos, hay familias que han aprendido a celebrar cosas que antes parecían demasiado pequeñas para merecer una celebración. Una analítica, un paseo comiendo pipas, una comida que apetezca, un volver a casa y poder hacer planes sin tener que mirar antes una fecha de revisión.
Puede que, por eso, desde hace un tiempo, cuando son las doce y las campanas del Santuario recorren Alcalá, yo siga escuchando aquella otra de la que hablaba al principio, aunque todavía no os he contado dónde está.
Está en la planta de oncología. Es una campana que no sirve para decirnos que hora es, es pequeña, pero su sonido tiñe de alegría y lágrimas los ojos de los que allí están. Un sonido que anuncia muchísimo, algo enorme: es el final de un tratamiento.
Es un sonido de unos segundos, unos segundos que anuncian las ganas de vivir y volver a una vida corriente. Significa que alguien vuelve a casa, que una etapa termina, que lo cotidiano se vuelve extraordinario.
Entonces escuchar a tu hijo quejarse porque tiene deberes y descubrir que, aquella protesta puede convertirse en una de las músicas más bonitas del mundo.
Por eso no quisiera que este fuera un artículo triste. Me gustaría que fuera de memoria y esperanza.
Desde que conocí ese sonido, las doce en Alcalá ya no me suenan igual, cuando las campanas del Santuario recorren la ciudad, algunas veces escucho también aquella otra, mucho más pequeña y mucho más lejos.
Mañana, a las doce, Alcalá volverá a seguir con su vida, yo levantaré la cabeza y durante unos segundos no sabré cual de las dos campanas estoy escuchando.
En mi solo habrá un deseo: que algún día sean tantos los niños que hagan sonar la otra que la podamos escuchar desde Alcalá.
Ismael Portillo Caraballo
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